«La sociedad moderna ya no obliga al hombre a obedecer; ha aprendido algo mucho más eficaz: convencerlo de que su esclavitud es libertad».
Vivimos en sociedades que han reconocido, sin lugar a duda, la existencia de prácticas y productos nocivos: el alcohol, el tabaco, las drogas, la contaminación derivada de ciertos usos energéticos, las armas, y ahora también las adicciones digitales y el consumismo programado a través de algoritmos. Nadie en su sano juicio defendería que estas prácticas son “buenas” para la salud, ni para la convivencia, ni para la vida en común. El reconocimiento está implícito en un gesto universal: no queremos que nuestros hijos las consuman.
Se prohíbe beber alcohol antes de los 18 años, fumar antes de cierta edad, poseer armas siendo menor. Se advierte del peligro, se protege a los jóvenes como si fueran un bien preciado. Y en ese gesto se revela la verdad: sabemos que es malo, tan malo que no lo toleramos en quienes más amamos. Sin embargo, en cuanto la persona cumple la mayoría de edad, el Estado abre la puerta y ofrece el veneno con la mano izquierda mientras pone la advertencia con la derecha. “Ahora eres libre. Decide tú mismo”.
Aquí nace la contradicción. Si algo es esencialmente nocivo, si destruye el cuerpo, la mente y la sociedad, ¿por qué la edad lo vuelve aceptable? ¿Por qué la mayoría de edad transforma lo que es veneno en “libertad de elección”? El dilema ético es brutal: lo que no queremos para nuestros hijos, lo aceptamos para nosotros mismos. En esa doble moral no solo participan los políticos, sino la propia sociedad, que actúa como cómplice. Se protege al niño para que el adulto pueda autodestruirse sin remordimiento, amparado en la bandera de la libertad.
Pero, ¿qué libertad es esa? ¿La libertad de hundirse? ¿La libertad de repetir compulsivamente conductas que sabemos adictivas, programadas para explotar nuestro cerebro y convertirnos en consumidores dóciles? La libertad se convierte en una coartada, en la excusa de quienes prefieren perpetuar lo fácil y lo cómodo antes que enfrentar la disciplina y el sacrificio que exige superar adicciones y ataduras culturales. La libertad, usada de este modo, no es emancipación, sino la máscara de nuestra debilidad.
Y mientras tanto, ¿quién gana? Siempre el negocio. La salud pública se erosiona, las generaciones crecen con cerebros reconfigurados por algoritmos, las ciudades se contaminan, los cuerpos se deterioran, pero la rueda del mercado sigue girando. El capital se disfraza de respeto a la libertad, cuando en realidad solo protege su propio beneficio. No es nuestra autonomía lo que defienden los políticos cuando se niegan a prohibir lo que saben dañino; es la economía del vicio, la industria del hábito, el negocio del enganche.
Así se instala la gran hipocresía: padres que prohíben a sus hijos lo que ellos consumen sin mesura; políticos que declaran amor a la libertad mientras legislan de rodillas ante el mercado; ciudadanos que saben que lo que hacen es malo, pero se aferran al autoengaño de que “es mi elección”. Y así, entre excusas y doble moral, se perpetúa una sociedad que consagra el derecho a destruirse como si fuera el mayor logro de la civilización.
El dilema, en su raíz, es claro:
Si algo es tan nocivo que no se lo damos a nuestros hijos, ¿por qué nos lo damos a nosotros mismos?
Si reconocemos el mal, ¿por qué lo dejamos camuflado bajo el nombre de “libertad”?
Y si la verdadera razón de su permanencia es el negocio, ¿qué nos dice eso de las prioridades de nuestras sociedades?
La respuesta duele: no es la libertad lo que gobierna, sino el mercado. Y mientras lo llamemos libertad, seguiremos celebrando nuestra esclavitud como si fuera un triunfo.



