Estado Búdico

LA LEY DEL ESPEJO

«Si algo del otro te duele, no es por él. Es porque toca una herida. Y toda herida habla de algo que aún necesita ser sanado».

J. C. C. Visconti

PRÓLOGO

No todos los reflejos devuelven un rostro. Algunos muestran heridas. Otros, anhelos. Hay espejos que, al mirarlos, no nos devuelven lo que somos, sino lo que no queremos ver.
Este ensayo no pretende agradar. No busca dar respuestas ni ofrecer consuelo. Es una invitación a mirar hacia dentro, sin filtros, sin excusas, sin disfraces. Un intento honesto de desenterrar lo que proyectamos en los demás y descubrir cómo, muchas veces, nuestras reacciones no hablan del otro, sino de nosotros.
Lo que aquí se propone no es una teoría, ni una doctrina. Es un camino de observación. La ley del espejo no es una ley en el sentido jurídico ni universal, sino un principio de conciencia: lo que vemos afuera, está —en alguna medida— dentro. Y si aprendemos a leer esos reflejos con honestidad, podríamos descubrir que cada vínculo es una oportunidad de revelación.
No es cómodo. No es rápido. Pero es real.

INTRODUCCIÓN

Hay personas que nos irritan sin razón aparente. Otras que nos fascinan sin lógica alguna. Algunas que nos despiertan celos, otras admiraciones. Creemos que esas emociones surgen por lo que el otro es. Pero ¿y si no fuera así?
¿Y si nuestras reacciones fueran más un espejo de nuestro mundo interno que una respuesta al mundo externo? ¿Y si el otro solo estuviera activando partes de nosotros mismos que no queremos mirar?
La ley del espejo propone exactamente eso: que el otro no es el problema, sino el reflejo. No porque el otro no exista, sino porque lo que vemos en él está condicionado por nuestras creencias, heridas y deseos. No vemos al otro como es, sino como somos.
Este ensayo es una exploración profunda de esa idea. No para convertirla en verdad absoluta, sino para usarla como lente. Como herramienta de autoconocimiento. Como vía para dejar de reaccionar desde la herida, y empezar a responder desde la conciencia.

I. PROYECCIÓN: CUANDO EL OTRO REFLEJA LO QUE NO QUIERO MIRAR

No siempre reaccionamos al otro. A menudo, reaccionamos a la parte de nosotros que el otro, sin saberlo, despierta.
La mente proyecta. Lo hace en silencio, sin consultar. Coloca afuera lo que no logra aceptar dentro: deseos negados, emociones reprimidas, impulsos incomprendidos. Así, lo que no queremos ser, lo vemos en los demás.
Carl Jung lo llamó la sombra: esa región oculta de la psique donde habitan los aspectos que hemos rechazado, olvidado o enterrado. Pero la sombra no desaparece por ser negada. Solo se disfraza. Y su disfraz favorito… es el rostro del otro.
Tal vez lo que más te molesta de alguien no es su arrogancia, sino el eco de tu propia necesidad de ser visto. Tal vez lo que admiras con devoción en una figura pública es un talento tuyo dormido, esperando permiso. Tal vez lo que juzgas en quien pide atención es tu propio deseo de ser validado, que nunca fue escuchado del todo.
A menudo, no odiamos lo ajeno. Odiamos lo propio… cuando aparece sin invitación.
Esto no es poesía. Es neuropsicología básica. La mente filtra la realidad a través de lo que ya conoce: recuerdos, heridas, creencias. Cuando alguien interfiere con ese mapa interno —aunque sea sin intención—, el sistema límbico se activa. El juicio llega antes que la reflexión. Y proyectamos.
Pero lo peligroso no es proyectar. Lo hacemos todos. Lo peligroso es creer que no lo estamos haciendo.
La proyección no se siente como una distorsión. Se siente como certeza. Por eso cuesta tanto verla. No parece una historia mental: parece la verdad.
Y, sin embargo, si afinas la escucha, hay algo que delata al espejo: la intensidad emocional.
Una reacción desproporcionada es una pista. Una rabia sin contexto, una crítica recurrente, una irritación súbita… casi siempre hablan de otra cosa. El otro es solo el disparador. El contenido, en cambio, es tuyo.
Entonces, la pregunta no es: ¿Por qué el otro me irrita tanto? Sino: ¿Qué parte de mí se ha activado que no quiero mirar?
Aceptar esto no es cómodo. Es un golpe de humildad. Reconocer que el juicio habla más del que mira que de lo mirado. Que la herida que el otro roza… ya estaba abierta.
Pero ese mismo golpe —si no se evita— puede abrir una puerta.
Porque si te atreves a mirar lo que proyectas, empiezas a ver. Y en esa visión —aunque duela—, hay libertad.

II. CUANDO LA HISTORIA LA CUENTA TU MENTE Y NO LA REALIDAD

No vemos lo que es. Vemos lo que creemos que es.
Un silencio. Un mensaje no respondido. Un gesto ambiguo. Y de pronto, la mente empieza a construir: «Me está evitando», «Está molesto conmigo», «No le importo». Lo que ocurre es una pausa. Lo que interpretas… es un relato.
Nuestra mente no tolera el vacío. Ante lo desconocido, prefiere llenar los huecos con suposiciones antes que quedarse en el misterio. Lo hace por eficiencia, no por maldad. Es un mecanismo de supervivencia. Pero también, una fábrica constante de espejismos. Creamos historias. Las repetimos. Las creemos. Y reaccionamos como si fueran reales.
Lo más inquietante es esto: la mayoría de las veces, no lo notamos. Confundimos la historia que armamos con la realidad que ocurrió. Lo que sentimos nos parece suficiente prueba. Si lo viví así, debe ser verdad… ¿no?
Pues no. La neurociencia ha demostrado empíricamente que la percepción no es pasiva. No vemos el mundo como una cámara que lo graba: lo reconstruimos en tiempo real, como si fuéramos directores de una película improvisada. El cerebro no presenta los hechos tal como son, sino tal como cree que deben ser, basándose en experiencias pasadas, emociones presentes y creencias activas.
Esto se llama modelo predictivo. En lugar de recibir información y luego procesarla, el cerebro primero predice lo que va a ver… y luego ajusta la percepción para que encaje. Primero interpreta, después confirma. Así, el otro no aparece ante nosotros como es, sino como lo esperamos. El espejo se llena con nuestra propia imagen. Y si esperamos rechazo, encontraremos rechazo. Y si tememos ser ignorados, veremos indiferencia. Y si necesitamos afecto, interpretaremos la distancia como frialdad. El otro se vuelve pantalla. Nosotros, proyector.
Imagina esto: le escribes a alguien y no responde en horas. Tu mente, en segundos, empieza a narrar: «Seguro está enojado». «Me está castigando con el silencio». «Lo hace a propósito». Y sin darte cuenta, esa historia empieza a doler. Te angustias, te tensas, te molestas. Pero no por lo que pasó… sino por lo que crees que está pasando. ¿Y si todo eso nunca estuvo ocurriendo fuera de ti?
Hay un fenómeno psicológico llamado efecto halo: cuando atribuimos cualidades a una persona basándonos en una sola impresión. Si alguien nos cae bien, tendemos a creer que también es inteligente, sensible o confiable, aunque no tengamos pruebas. Y viceversa.
También están los sesgos de confirmación: esa tendencia a buscar señales que refuercen lo que ya creemos. Si piensas que tu jefe te desprecia, cada correo seco será una prueba. Si crees que tu pareja está distante, cada silencio se volverá sospechoso. La realidad deja de ser lo que es… y se vuelve un espejo de tu creencia más antigua.
Lo más peligroso de estas narrativas mentales no es que sean erróneas. Es que te convencen de que no lo son. Vives en ellas como si fueran certezas. Te defiendes de ellas como si fueran ataques. Reaccionas a ellas como si fueran verdad. Y lo más triste es que a veces destruyes vínculos… por algo que solo estaba ocurriendo en tu cabeza.
Entonces, ¿qué hacer?
No se trata de dejar de interpretar. Es imposible. La mente lo hará de todos modos. Pero sí puedes observar lo que interpretas. Preguntarte:
¿Esto es lo que pasó… o lo que yo creo que pasó?
¿Estoy viendo al otro… o estoy viendo mi miedo?
¿Estoy escuchando lo que dijo… o lo que yo oí con mis heridas?
No hay verdad más liberadora que esta: tu historia no es la historia. Y mientras sigas creyendo que lo que piensas es lo que es, estarás atrapado.
La salida no está en dejar de pensar. Está en recordar que estás pensando.

III. LO QUE ADMIRAS TAMBIÉN HABLA DE TI

No todo lo que vemos en los demás es sombra. A veces, el espejo también devuelve luz. Y eso, a veces, incomoda más.
Nos han enseñado a mirar la envidia como un defecto. Pero rara vez nos detenemos a preguntarnos por qué envidiamos lo que envidiamos. ¿Por qué me incomoda el éxito de aquel colega? ¿Por qué me perturba la libertad de esa mujer que vive sin pedir permiso? ¿Por qué me irrita la alegría despreocupada de quien no necesita ser aprobado?
La envidia no siempre nace del ego. A menudo nace de la represión. Del talento dormido. De la posibilidad interna que no nos hemos permitido desarrollar. Admiramos a quien encarna algo que deseamos… pero que no nos atrevemos a ser.
Como dijo Alan Watts: «Los demás nos enseñan quiénes somos. Sus actitudes hacia nosotros son el espejo en el que aprendemos a vernos, pero el espejo está distorsionado».
No admiramos por azar. Tampoco envidiamos por capricho. Lo que ves como grandeza en otro suele ser una parte tuya olvidada. Algo que tal vez aún no has despertado en ti, pero que ya habita ahí, esperando ser reconocido. A veces el espejo no refleja lo que escondes… sino lo que aún no te atreves a expresar.
Mira con atención: admiras a quien habla con claridad, pero tú mismo sueles callarte lo que piensas. Admiras a quien se atreve a fallar, mientras tú esperas la perfección. Admiras a quien vive con sencillez, pero tú mismo temes ser invisible. Y a veces, eso mismo que admiras se transforma en incomodidad. Porque su sola presencia desafía tus excusas. Te muestra que se puede. Que el límite no estaba fuera, sino dentro. Y entonces el espejo ya no es solo reflejo: es provocación.
La admiración es una pista. La envidia, una alarma. Ambas te señalan algo que existe dentro de ti, aunque aún no se haya desplegado. Lo que no toleras del otro —su atrevimiento, su libertad, su presencia— puede ser exactamente lo que tú necesitas integrar para ser más tú.
Pero claro, es más fácil decir «no soporto a ese tipo de personas» que preguntarse por qué. Es más cómodo pensar «yo no soy así» que admitir «yo podría ser así, si me lo permitiera».
Una de las formas más sutiles de autoengaño es ignorar nuestro potencial. El deseo no desaparece cuando lo negamos: se transforma. A veces en celos. A veces en cinismo. A veces en ese juicio que parece verdad, pero no es más que frustración no dicha.
Esto no es un llamado a admirarse a uno mismo sin medida. No es una invitación al narcisismo espiritual. Es un recordatorio: lo que ves fuera también vive dentro.
Cuando algo o alguien te deslumbra, no te preguntes solo por qué te gusta. Pregúntate qué parte de ti está reconociéndose en esa imagen. ¿Qué parte desea ser vivida? Y sobre todo: ¿vas a seguir mirando desde lejos… o vas a atreverte a encarnar eso que ya está llamando desde adentro?

IV. RELACIONES ÍNTIMAS: EL ESPEJO QUE MÁS CUESTA MIRAR

En la pareja, en la familia, en la amistad profunda, la ley del espejo no solo se manifiesta… se multiplica.
Porque cuanto más cerca está alguien de ti, más fácilmente accede a tus capas más frágiles. Y cuanto más vulnerables nos sentimos, más proyectamos.
No es casual que nuestras relaciones más importantes sean también las que más nos enfrentan a nosotros mismos. En ellas se cruzan expectativas, heridas pasadas, carencias antiguas y deseos no reconocidos. El otro ya no es solo el otro: se convierte en símbolo, en extensión, en antagonista o salvador. Es ahí donde el espejo deja de ser una metáfora y se vuelve una experiencia encarnada.
La pareja, en particular, es el espacio donde más claramente se revela lo que no queremos ver. No por maldad del otro, sino por la intensidad del vínculo. El amor activa lo más luminoso, sí, pero también lo más pendiente. La ternura convive con el miedo. El deseo, con la inseguridad. La intimidad no solo nos acerca al otro: también nos expone ante nosotros mismos.
En una discusión, no estallamos solo por lo que ocurre, sino por lo que arrastramos. Cuando exigimos atención, tal vez no pedimos algo nuevo, sino lo que no recibimos hace años. Cuando reclamamos libertad, a veces no estamos hablando del presente, sino de una sensación de encierro más antigua, que el otro —sin saberlo— ha vuelto a despertar.
Una palabra mal dicha puede activar el recuerdo de una crítica de infancia. Un gesto ambiguo puede resonar con una traición pasada. Y entonces, la reacción no es del presente: es del archivo emocional.
Lo complejo de estas dinámicas es que no siempre son unilaterales. A veces ambos proyectan al mismo tiempo. Uno actúa como espejo del miedo del otro, mientras el otro se convierte en reflejo de su propio abandono. Dos heridas que se buscan sin saberlo, y que al encontrarse, creen que el problema es el otro.
Esto se llama proyección cruzada: cuando dos personas se relacionan, no solo desde quienes son, sino desde lo que inconscientemente representan una para la otra. Es el padre simbólico, la madre no resuelta, la expareja no digerida, la imagen de uno mismo que no se ha sanado.
La psicología sistémica lleva años estudiando estas repeticiones. Cómo muchas parejas se forman desde patrones complementarios: uno necesita control, el otro tiende a ceder. Uno necesita ser admirado, el otro se acostumbra a cuidar. Al principio, todo encaja. Con el tiempo, la estructura se vuelve prisión. No porque el otro cambie, sino porque el espejo se vuelve incómodo.
En la familia ocurre algo similar. Incluso de adultos, seguimos proyectando en nuestros padres partes de nosotros que no han sanado. A veces buscamos en ellos la aprobación que no recibimos, o esperamos que nos reconozcan como no lo hicieron cuando más lo necesitábamos. Lo que no se dijo en su momento, se convierte en reproche acumulado. Y lo que no toleramos de nosotros mismos, lo vemos reflejado en los hermanos, como si el ciclo se repitiera una y otra vez. No es que el pasado vuelva. Es que aún no lo hemos soltado.
Lo mismo ocurre con la amistad. Hay amigos que admiramos, otros que nos desafían, y algunos con quienes chocamos sin razón aparente. Pero si nos detenemos a mirar, muchas veces lo que nos une o nos separa no está solo en lo visible, sino en lo que representa esa persona para nosotros.
Cuando nos sentimos juzgados, a veces no es porque el otro nos juzgue. Es porque el juicio ya está dentro. Y el otro solo lo activa. Cuando sentimos que no somos suficientes para alguien, es posible que estemos viendo en sus ojos la mirada con la que nos juzgamos desde hace mucho.
Todo vínculo profundo es un espejo sensible. Refleja nuestras carencias, nuestras fuerzas, nuestras repeticiones y nuestras posibilidades de transformación. Pero hay que estar dispuesto a mirar con pausa. No para culparse. No para corregirse. Sino para entender que lo que se juega en la relación no siempre tiene que ver solo con lo que pasa entre dos, sino con lo que cada uno trae dentro.
Y la pregunta entonces no es: ¿por qué el otro me hace sentir así? Sino: ¿desde qué historia estoy reaccionando?
Porque mientras sigas viviendo al otro como causa, y no como reflejo, repetirás el patrón sin darte cuenta. Pero si te atreves a ver el espejo —sin culpa, sin huida, sin necesidad de tener razón— quizás puedas empezar a responder desde un lugar más libre. Más consciente. Más tuyo.
Y entonces, tal vez por primera vez, la relación ya no sea un campo de batalla. Sea un lugar de verdad.

V. CUANDO PARECE QUE NO HAY ESPEJO… PERO LO HAY

La ley del espejo ha sido muchas veces malinterpretada, mal explicada o ridiculizada. Para algunos, es una idea simplista. Para otros, un arma de culpa. En ciertos ámbitos del desarrollo personal, incluso se la usa como justificación para soportar cualquier cosa: si algo me molesta, debe ser mío. Si algo me duele, será que no lo he sanado. Si alguien me trata mal, es porque «algo tengo que aprender».
Y, seamos honestos: esa visión es pobre. Incompleta. Y, en muchos casos, peligrosa.
Porque no, no todo lo que recibes del otro es reflejo de tu interior. Hay personas que hacen daño. Hay relaciones que destruyen. Hay gestos que cruzan la línea. Hay palabras que no deberían haber sido dichas. El espejo no siempre refleja tus sombras, tus carencias, tus deseos no asumidos o tus heridas del pasado. A veces lo que muestra es otra cosa: una agresión, una invasión, un maltrato. Y eso también hay que poder decirlo.
Pero debo decirte algo más. Algo que puede incomodar… o quizás liberar.
Incluso cuando parece que no hay espejo, sí lo hay. Solo que no es el que esperabas. No refleja lo que te falta, sino lo que has permitido. No señala una herida antigua, sino una decisión inconsciente. No devuelve una proyección, sino un patrón.
Porque tal vez no elegiste a esa persona por azar. Tal vez algo en ti se sintió atraído por lo familiar. Tal vez hubo señales que decidiste ignorar. Tal vez lo que se reflejó no fue el daño… sino tu dificultad para poner un límite. O tu miedo al abandono. O tu idea distorsionada de lo que mereces.
Eso también es espejo. Más sutil. Más profundo. Más incómodo.
Gabor Maté nos recuerda que aunque no somos responsables de lo que nos hicieron de niños, sí somos responsables de lo que hacemos con ello como adultos. Y muchas veces, lo que hacemos con ello es repetirlo. Sin saberlo. Sin quererlo. Pero repetirlo igual.
Hay quienes repiten relaciones que los hieren, no porque lo quieran, sino porque confunden amor con costumbre. Como quien se queda en una relación donde nunca se siente escuchado, pero no se va porque «al menos no está solo». O como quien sigue buscando la aprobación de alguien que nunca lo elige, simplemente porque esa indiferencia le resulta conocida.
¿Y eso no es espejo? ¿No habla de ti esa elección, esa permanencia, ese silencio?
Entonces, cuidado. No confundas poner límites con salir del espejo. A veces, el límite más sano es el que reconoce que has estado demasiado tiempo tolerando lo que no mereces. Y ese momento también es una revelación. No del otro. Tuya.
Discernir no es abandonar el espejo. Es mirarlo mejor.
La ley del espejo no es una receta rápida. Es una forma de estar en el mundo con conciencia. No para aguantarte todo. No para justificar el daño. Sino para hacerte cargo de ti, incluso cuando el otro se desentienda. Incluso cuando parezca que el problema es solo externo.
Porque sí, el otro puede herirte. Pero solo tú puedes revisar por qué estabas allí. Por qué callaste. Por qué volviste. Por qué no lo detuviste antes. O por qué esa forma de amor tan torcida, por un instante, te pareció conocida.
Eso también eres tú. Y eso también puede sanarse.
Así que no, no todo lo que molesta es reflejo directo. A veces, el espejo está detrás de ti. No en el gesto ajeno, sino en la historia que te trajo hasta ese lugar. Y cuando lo ves, no para culparte, sino para comprenderte, empieza el verdadero cambio.
Porque si incluso cuando no parece haber espejo… descubres que sí lo había, entonces ya no estás reaccionando: estás despertando. Y esa es la verdad que transforma.

VI. EL ESPEJO COMO HERRAMIENTA, NO COMO CULPA

Entender la ley del espejo no cambia nada. Usarla conscientemente, sí.
Hay una diferencia enorme entre saber que algo me afecta y tener la disposición real de observar lo que está ocurriendo dentro de mí cuando eso sucede. Y esa diferencia —invisible desde fuera— marca el límite entre la reacción automática y el crecimiento real.
El espejo, si se queda en la teoría, no sirve. No basta con repetir que el otro me muestra algo de mí. Esa idea, sin trabajo interno, se convierte en una frase decorativa. En cambio, si se vuelve una práctica honesta de autoobservación, puede cambiar la forma en que te ves, en que ves al otro… y en que eliges moverte en el mundo.
Pero para eso hace falta algo más que conocimiento: hace falta honestidad real, no teoría.
Honestidad para hacer una pausa antes de responder. Para no creerte tu primera interpretación. Para admitir que esa incomodidad, esa irritación o ese juicio que acaba de nacer… también es tuyo.
La pregunta es sencilla. ¿Estás dispuesto a mirarte cuando algo te molesta? No para juzgarte. No para explicarlo todo. Solo para observar con rigor lo que se está activando.
No todo lo que sentimos requiere análisis. Pero todo lo que se repite sí merece ser mirado. Si la misma situación te ocurre una y otra vez con distintas personas. Si siempre aparecen los mismos conflictos en tus relaciones. Si tu cuerpo reacciona de forma idéntica frente a cierto tipo de gesto o palabra… ahí hay un patrón. Y ese patrón, si no se observa, se repite. Ese es el verdadero campo del espejo: no lo que ves en un momento, sino lo que se repite sin que lo veas.
Mirar el espejo conscientemente significa dejar de culpar al mundo por todo lo que sientes. Pero también significa dejar de culpabilizarte por sentir lo que sientes. Es, simplemente, entrenar la mirada. Cambiar el foco. Pasar de preguntarte «¿por qué me hacen esto?» a preguntarte «¿desde dónde estoy reaccionando yo?»
No hay necesidad de dramatizarlo. Solo de reconocerlo. Porque todo lo que reconoces, pierde poder sobre ti.
Esto es una práctica. No una iluminación. No hay que entenderlo todo para empezar. Basta con un gesto: detenerse y preguntarse con honestidad qué está pasando realmente. No lo que aparenta. No lo que justifica. Lo que pasa por dentro.
Ese momento de pausa —antes de juzgar, antes de defenderte, antes de responder— es el espacio donde empieza el cambio.
El espejo bien usado no te encierra. Te aclara. No te castiga. Te muestra. No te exige ser otro. Te invita a ver con más precisión quién estás siendo cuando repites, cuando reaccionas, cuando cedes o cuando atacas.
Esa observación constante, paciente, comprometida… es la práctica silenciosa del autoconocimiento.
Y es ahí, no en la explicación, donde se transforma el vínculo contigo mismo y con los demás.

VII. EL ESPEJO NO TE DEFINE. TE REVELA.

No hay espejo más difícil que el que refleja lo que evitamos mirar.
A lo largo de este recorrido hemos visto que el otro puede reflejar nuestras sombras, nuestras carencias, nuestras proyecciones, nuestras repeticiones. Pero reducir la ley del espejo a una lista de patrones sería vaciarla de su potencia. Convertirla en un mecanismo más, en lugar de una vía de conciencia.
El otro no te dice quién eres. Te muestra lo que aún no has querido revisar. Lo que justificas con razones que no resisten el silencio. Lo que repites aunque digas que ya lo entendiste. Lo que callas aunque sabes que ya no encaja.
El espejo no se trata del otro. Se trata de ti frente a lo que el otro despierta. No frente al otro, sino frente a lo que despierta en ti. Lo que duele sin aviso. Lo que insiste sin permiso. Lo que sigue vivo aunque intentes ignorarlo.
No necesitas convertir cada encuentro en una lección. Ni cada emoción en un misterio por resolver. Solo necesitas saber que lo que se mueve dentro de ti, si sabes mirarlo, puede revelarte más que cualquier palabra.
Este no es un camino rápido. Ni cómodo. Pero es un camino real. Uno que no depende de técnicas, ni de teorías, ni de ideologías. Solo de la voluntad sincera de estar presente frente a uno mismo.
Y en ese presente, cuando algo se repita, cuando algo se rompa, cuando algo duela… quizás puedas recordarlo:
Esto también habla de mí. No porque yo sea culpable. Sino porque yo también estoy aquí.
Porque la pregunta ya no es si el otro te refleja.
Ahora la pregunta es: ¿estás dispuesto a sostener la mirada?

«Todos llevamos una sombra, y cuanto menos se incorpora a la vida consciente del individuo, más negra y densa se vuelve»
Carl Jung

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