Estado Búdico

ILUSIÓN VS REALIDAD

«No vemos las cosas como son, sino como somos»
— Anaïs Nin

PRÓLOGO
A lo largo de este ensayo, J.C.C. Visconti propone algo que parece simple pero que rara vez nos atrevemos a hacer: cuestionar la forma en que percibimos. No se trata de ver más ni de ver mejor, sino de interrumpir la mirada automática y abrir un espacio para observar desde otro lugar.
Su escritura no se refugia en grandes conceptos ni en explicaciones abstractas. Parte de lo cotidiano, de lo que damos por hecho, de lo que creemos comprender… y lo desmonta con una calma implacable. Con un lenguaje claro y preciso, va trazando una reflexión sobre la percepción, el juicio y la ilusión de realidad en la que vivimos sumergidos sin darnos cuenta.
Este no es un texto complaciente. Pero tampoco es frío. Es directo, honesto, y por momentos desarmante. No está hecho para convencer, sino para abrir preguntas. Preguntas que no siempre se resuelven al terminar la lectura, pero que, si se dejan madurar, pueden transformar la forma en que nos relacionamos con nosotros mismos, con los otros, y con eso que llamamos realidad.
Quien se acerque a estas páginas encontrará más que ideas: encontrará una invitación a salir del automatismo. A observar sin tantos filtros. A dejar de ver el mundo como una cosa cerrada… y empezar a intuir que tal vez, solo tal vez, todo podría ser de otra manera.

INTRODUCCIÓN
No todo lo que vemos es real. Ni todo lo que creemos, verdadero. Y, sin embargo, pocas veces nos detenemos a dudar de nuestra mirada.
Vivimos convencidos de que «el mundo» es tal como lo percibimos. Asumimos que la mesa es una mesa, que el yo es un yo, que lo que sentimos es indiscutiblemente cierto. Y sobre esa base que creemos firme, levantamos toda nuestra vida: decisiones, relaciones, identidades, apegos. Pero ¿y si no lo fuera?
¿Y si gran parte de lo que llamamos realidad no fuera más que una ilusión sostenida por la mente? ¿Y si el problema no estuviera en lo que hay, sino en cómo lo interpretamos?
El Buddha no ofreció dogmas. Ofreció un método para ver con más claridad. Y en ese método, la visión no es algo pasivo: es el primer acto espiritual. Ver con corrección, decía, es comenzar a liberarse. Porque quien ve con lucidez, sufre menos. Y quien sufre menos, ama mejor.
Pero ver con lucidez no consiste en mirar más fuerte, sino en aprender a mirar distinto.

La visión que transforma
No hablamos aquí de una opinión, ni de una preferencia espiritual, ni de una simple manera de ver las cosas. La visión correcta, en la tradición budista, no es una creencia más en el repertorio: es una forma radical de estar en el mundo. Una manera de mirar que no solo interpreta lo que ocurre, sino que transforma —silenciosa y profundamente— a quien mira.
Saber no basta. Entender tampoco. La transformación real ocurre en otro nivel.
No en la mente que analiza, sino en la mirada que se vuelve transparente y en los actos que la acompañan.
Es como si de pronto descubriéramos que llevamos toda la vida usando gafas prestadas y no lo sabíamos. Gafas con filtros heredados, con prejuicios grabados, con distorsiones afectivas. Y al quitarlas, nada fuera exactamente como creíamos.
Ese tipo de visión no se adquiere leyendo libros ni repitiendo frases. Requiere presencia. Requiere una honestidad feroz. Y, sobre todo, exige el coraje —a veces desgarrador— de cuestionar aquello en lo que más confiamos: nuestras certezas, nuestras narraciones, nuestros juicios.
Porque si uno mira bien, debajo de todo eso se esconde una ilusión más íntima y antigua: la de un «yo» sólido, fijo, separado. La ilusión de ser una identidad encapsulada, un alguien definido, una isla. Esa es la distorsión más difícil de ver… y la más urgente de soltar.

Ilusión: lo que parece pero no es
La ilusión no es fantasía. Tampoco es una mentira descarada. Es algo más sutil. Una apariencia convincente que confundimos con verdad. Como cuando creemos ver agua en la carretera caliente: el reflejo está ahí, la sensación también… pero el agua no.
Gran parte del sufrimiento nace de este tipo de espejismos. No sufrimos por lo que ocurre, sino por lo que creemos que nos ocurre. Sufrimos por ideas: «esto no debería estar pasando», «yo no soy suficiente», «esto es mío», «esto me pertenece».
Nos movemos como si las cosas tuvieran un valor intrínseco. Como si el mundo tuviera una forma fija. Como si lo que pienso fuera lo que es.
Pero nada está más lejos de una visión clara.
A veces, basta con un pequeño retraso de alguien para activar una historia entera. «Me está ignorando», «no le importo», «lo hace a propósito». Y, en realidad, no sabemos nada. El pensamiento reacciona antes que la presencia. Y la mente, sin detenerse, fabrica su guion. ¿Cuántas veces nos hemos atrapado en esa red invisible de interpretaciones?
Creemos que el enojo está justificado, que el apego es amor, que la ansiedad es normal, que las cosas simplemente «son como son». Pero lo que percibimos no es el mundo. Es un modelo del mundo: una proyección subjetiva, moldeada por sentidos imperfectos, emociones cambiantes, lenguaje heredado, patrones condicionados y filtros culturales.
Epicteto lo expresó con una claridad que no ha perdido fuerza con los siglos: no nos afecta lo que nos sucede, sino lo que pensamos sobre lo que nos sucede.
Comprender esto no es un juego de lógica. Es un despertar sutil. Y quizá, el comienzo de una libertad más honda.

Realidad relativa, realidad última y el mito de lo objetivo
En el budismo, se habla de dos niveles de realidad que no se excluyen, sino que se complementan: la relativa y la última. Entender la diferencia entre ambas no es un ejercicio intelectual, sino una forma de liberarse del sufrimiento que nace cuando confundimos lo funcional con lo absoluto.
La realidad relativa es la que habitamos cotidianamente. Es el mundo compartido en el que la mesa existe, la gravedad funciona, y un insulto puede provocar una reacción. Es la realidad del lenguaje, de los acuerdos, de la interacción social. Aunque no sea definitiva, nos orienta. Nos permite comunicarnos, tomar decisiones, establecer vínculos. Sin ella no podríamos vivir ni relacionarnos.
Pero que funcione no significa que sea absoluta. Y ahí comienza el problema: cuando olvidamos que su utilidad no la convierte en verdad última.
El budismo no rechaza la realidad relativa. La reconoce como necesaria, útil y legítima, siempre que no la confundamos con lo que verdaderamente es. Hay verdades relativas que son correctas —cuando se basan en convenciones compartidas y experiencias verificables— y verdades relativas que se vuelven incorrectas, cuando se aferran a una visión puramente subjetiva o caprichosa. Creer, por ejemplo, que un objeto tiene el color que uno desea que tenga, aunque todo lo demás indique lo contrario, no convierte esa percepción en realidad.
Más allá de esta dimensión funcional, está la realidad última. No es algo separado ni oculto, sino una forma de ver sin filtros. Es la comprensión de que todo lo que existe es interdependiente, compuesto, vacío de esencia inherente. Nada permanece, nada existe por sí mismo, nada es lo que aparenta ser de manera absoluta. Comprender esto no niega lo visible, pero sí disuelve la rigidez con que lo interpretamos.
Lama Rinchen lo explica con claridad: «Las dos verdades no son opuestas ni separadas. No son idénticas, pero tampoco ajenas». Una ola no es el océano, pero no está separada de él. La ola tiene forma, función, dirección. Pero su naturaleza última es la del agua que la compone. Así ocurre con cada fenómeno que percibimos.
Y, sin embargo, entre estas dos formas de verdad se cuela una tercera idea profundamente arraigada en el pensamiento moderno: la noción de una realidad objetiva. La creencia de que el mundo existe «ahí fuera», sólido, neutro, independiente de quien lo observa. Una verdad única, fija, mensurable.
Durante siglos, esa idea funcionó como base del conocimiento científico y filosófico occidental. Pero tanto la física cuántica como la tradición budista coinciden en desarmarla. El observador no es externo al fenómeno. Lo afecta. Lo configura. La conciencia participa en lo que ve. No hay un escenario esperando ser contemplado, sino una interacción constante entre lo que aparece… y cómo lo percibimos.
Esto no significa que todo sea fantasía o que no podamos confiar en nada. Significa que la verdad depende del punto de vista, del lenguaje que usamos, del nivel de conciencia desde el cual miramos. Y que aferrarse a una única versión, incluso a la más funcional, puede llevarnos a la rigidez, al juicio, a la desconexión.
La realidad relativa, bien entendida, no es una trampa. Es una herramienta. Un mapa, no el territorio. Una brújula, no el destino. Y como toda herramienta, sirve si sabemos cuándo usarla… y cuándo soltarla.
El maestro Nagarjuna lo expresó con sobria exactitud: «Solo a través de la verdad relativa puede alcanzarse la verdad última».
Y siglos después, Sakya Pandita advertía: «El aferramiento a la idea de verdad —mi verdad o la verdad— es el mayor obstáculo para realizar la verdad última».
No se trata de elegir entre verdades, sino de caminar sabiendo que ambas nos acompañan. Una para movernos en el mundo. La otra para no perdernos en él.

Cuando la mesa deja de ser mesa
Una mesa parece una cosa simple. Un objeto definido. Está ahí. Tiene forma, peso, función. La usamos. Nos apoyamos sobre ella. Le damos un nombre y un propósito.
Para una persona común, la mesa es eso: un mueble útil. Un espacio para comer, escribir, trabajar. Una herramienta práctica dentro de un entorno compartido.
Pero si miramos desde otro lugar, esa misma mesa empieza a transformarse.
Para una termita, no es una mesa. Es alimento. No importa su forma, ni su diseño, ni su nombre. Lo que hay allí es celulosa. Materia digerible. La función que nosotros proyectamos desaparece por completo en su percepción.
Para un físico cuántico, tampoco es una mesa. Lo que vemos está formado por átomos, y esos átomos son, en su mayor parte, vacío. Lo que sentimos como solidez es el resultado de campos electromagnéticos en interacción. En términos fundamentales, no hay «cosa sólida», sino energía organizada en un patrón transitorio.
Entonces, ¿qué es la mesa?
Una estructura útil para unos. Un recurso alimenticio para otros. Un conjunto de partículas flotando en vacío para quien observa desde lo más profundo de la materia.
Lo que cambia no es el objeto. Lo que cambia es la conciencia que lo percibe.
Estos tres puntos de vista —el del ser humano, el de la termita y el del físico cuántico— son expresiones distintas de verdades relativas. Todas válidas dentro de su contexto. Todas limitadas por el alcance del que observa.
Y tal vez, la verdad última no consista en negar ninguna de esas versiones, sino en comprender que son fragmentos parciales de algo más amplio. Abrazarlas todas. Y, al mismo tiempo, reconocer que pueden existir muchas otras realidades que aún no somos capaces de percibir, simplemente porque no las conocemos… o porque no estamos preparados para verlas.
La mesa no ha cambiado. Pero nuestra relación con ella, sí. Y si algo tan cotidiano puede variar tanto según el punto de vista, ¿qué otras cosas damos por fijas… que en realidad no lo son?
Ver la mesa como mesa no es un error. El error es creer que solo es eso. Porque eso mismo hacemos con todo: con las ideas, con las personas, con nosotros mismos.
Y tal vez, aprender a mirar una mesa de otro modo sea una forma sutil de empezar a vernos también de otro modo.

No necesitas creer en esto. Ya lo haces sin saberlo
Cuando soñamos, todo parece real. Vemos lugares, personas, situaciones. Sentimos emociones intensas: miedo, deseo, alivio. Nada nos hace dudar, porque en el sueño, la lógica se adapta a lo que vivimos. Lo creemos todo… hasta que despertamos.
Y al abrir los ojos, comprendemos que aquello no estaba ocurriendo como lo pensábamos. Que las emociones eran reales, pero los hechos, no. Que lo que parecía sólido era solo una construcción momentánea de la mente.
¿Y si algo similar nos ocurriera también ahora, en este mismo instante?
No como metáfora, sino como un hecho: que gran parte de lo que experimentamos cada día —nuestras reacciones, certezas, opiniones, juicios— esté sostenido por estructuras mentales tan automáticas que ni siquiera las reconocemos como tales.
No hace falta creer en esto. Ya lo vivimos sin darnos cuenta.
Cuando alguien no responde un mensaje y sentimos rechazo. Cuando oímos una palabra y damos por hecho su intención. Cuando entramos en una habitación y pensamos que todos nos están juzgando. La situación está ocurriendo, sí… pero el relato que construimos sobre ella es nuestro. Lo proyectamos en fracciones de segundo. Y lo defendemos como si fuera indiscutible.
La mayoría de nuestras percepciones no son ventanas abiertas, sino espejos que reflejan nuestras propias creencias. Y cuanto menos conscientes somos de ese reflejo, más reales nos parecen las imágenes que produce.
Ya lo dijimos antes al citar a Epicteto, pero vale la pena recordarlo: no nos afecta lo que nos sucede, sino lo que pensamos sobre lo que nos sucede.
Y, sin embargo, seguimos viviendo como si nuestra versión fuera la realidad. Como si lo que sentimos validara lo que ocurre. Como si la intensidad de una emoción demostrara la verdad de lo que pensamos.
Pero ¿cuánto de eso es simplemente el eco de una idea anterior? ¿Cuántas de nuestras certezas no son más que hábitos mentales, sostenidos por la costumbre de no mirar más allá?
Despertar no es desechar todo lo que vivimos. Es aprender a ver sin olvidar que estamos interpretando. Y hacerlo no desde la sospecha… sino desde la humildad.

La realidad como simulación mental
No percibimos la realidad directamente. La mente no registra el mundo como una cámara que graba lo que ocurre fuera de ella. Percibir no es copiar. Es construir.
Nuestro sistema nervioso recoge estímulos, sí, pero lo que finalmente “vemos”, “oímos” o “sentimos” es una interpretación. Una simulación interna que la conciencia organiza a partir de datos incompletos. Y lo hace rápido, casi siempre sin que lo notemos.
Creamos modelos. No de forma voluntaria, sino estructural. Modelos de lo que creemos que está ocurriendo. Modelos de quiénes creemos que somos. Modelos de cómo creemos que deben ser los demás.
Y lo más sorprendente es que esos modelos no se viven como interpretaciones. Se viven como certezas.
Un simple sonido, un gesto mínimo, una ausencia, puede activar en la mente una historia completa: el juicio del otro, el rechazo, la amenaza, la ofensa. La realidad, en sí misma, no está diciendo nada. Pero el modelo que proyectamos sobre ella lo convierte en narración.
En eso somos hábiles. Más que otras especies. Una termita percibe lo necesario para sobrevivir: humedad, madera, sombra. Un murciélago genera un mapa tridimensional mediante el eco. Nosotros, en cambio, construimos escenarios hipotéticos, analizamos intenciones, anticipamos consecuencias.
Y esa capacidad nos ha permitido imaginar, planear, protegernos. Un perro que nos ladra no ha dicho nada, pero por su tono, postura y expresión, la mente ya proyecta una alerta. Imaginamos lo que puede pasar. Lo que está en juego. Lo que conviene evitar.
Este modelo mental nos permite reaccionar rápido, prepararnos, adaptarnos.
Pero también, en otros contextos y aspectos, nos limita y nos hace olvidar que no vemos el mundo. Vemos nuestro mundo.
El filósofo y neurocientífico Francisco Varela decía que la mente humana no revela la realidad, sino que enactúa su versión de ella. La configura a medida que la vive.
Lo que interpretamos como “presente objetivo” es, en realidad, un modelo virtual en tiempo real. Eficiente, funcional… pero limitado.
¿Y si todo lo que creemos estar viendo —las personas, las ideas, incluso nuestra propia historia— fuera solo una simulación mental sostenida por memoria, lenguaje, emociones y deseo?
La mente no proyecta para engañarnos. Proyecta para sobrevivir. Pero si no sabemos que estamos proyectando, empezamos a confundir la imagen con la cosa, la historia con el hecho, el modelo con la verdad.
Y mientras reaccionamos a lo que creemos ver, como si fuera todo lo que hay, el sufrimiento se instala sin que sepamos por qué.

La utilidad de la visión correcta
La visión correcta, tal como la presenta la tradición budista, no es una creencia más ni una herramienta para demostrar que uno tiene razón. No se trata de acumular conocimiento, ni de hablar con más autoridad, ni de mirar por encima del hombro a quien aún no la ha descubierto.
Su utilidad está en otro plano.
Ver con claridad permite soltar rigideces. Nos ayuda a comprender que las cosas no son como pensábamos, pero no para desvalorizarlas, sino para relacionarnos con ellas desde otro lugar. Una visión lúcida no busca anular lo relativo, sino reconocer su función sin quedar atrapado en él.
No necesitamos negar el dolor, ni dejar de sentir emociones, ni desentendernos del mundo para aplicar esta mirada. Lo que cambia no es lo que sentimos, sino la manera en que respondemos a lo que sentimos.
Alguien dice algo que nos duele. En otro momento, habríamos reaccionado de inmediato, defendiendo nuestra posición, elevando la voz, cerrando la conversación. Pero si hay visión, hay una pausa. Aparece una distancia interna —no de frialdad, sino de espacio—, en la que podemos ver que lo que ha dolido no es solo lo que se dijo, sino lo que interpretamos. Lo que supusimos que significaba. Lo que tocó dentro de nuestra historia.
En ese instante, la visión no es un concepto. Es una libertad.
No se trata de volvernos indiferentes, ni de justificarlo todo. Se trata de ver con precisión. De entender que reaccionar con fuerza no siempre es lo mismo que responder con verdad. Que no todo juicio merece ser dicho. Que no toda emoción necesita convertirse en acto. Y que muchas veces, lo que parece tan real… no lo es tanto.
Esta visión no busca eliminar el conflicto, ni hacer desaparecer el sufrimiento como por arte de magia. Pero lo vuelve más habitable. Más respirable. Y nos permite no quedar tan fijados en él.
Tal vez, el mayor valor de esta forma de ver no esté en que nos haga más sabios, sino en que nos haga menos esclavos. Menos esclavos de nuestras proyecciones, de nuestras exigencias, de la idea de tener que tener razón.
Ver bien no significa ver más que los demás. Significa ver sin aferrarse a lo que uno ve.

Dijo el Buda
Hemos llegado al final de este recorrido. No ha sido una exposición doctrinal, ni un intento de convencer a nadie, sino un gesto de exploración compartida. Un ensayo en el sentido más literal: un intento de mirar con otros ojos.
Si algo de lo que he escrito ha resonado contigo, que sea como una semilla. Y si ha de germinar, que lo haga a su ritmo. Y si no, que se disuelva sin dejar peso.
Cierro este texto con una de las frases más luminosas que he leído en mi vida. La pronunció un hombre que no pidió ser seguido, sino escuchado con atención y libertad. Es una advertencia contra el dogma, pero también una invitación a la experiencia directa. Y, en cierto modo, es todo lo que uno necesita recordar.

«No creas en nada, por el simple hecho de que lo hayas oído. No creas en las tradiciones solo porque se hayan transmitido durante muchas generaciones. No creas en nada porque lo diga la fama o la autoridad, ni en lo que esté escrito en libros religiosos. No creas en lo que digan tus maestros o los ancianos. Solo cuando, tras observar y analizar, lo hayas encontrado razonable y beneficioso para ti y para los demás, acéptalo y vívelo».
— Siddharta Gautama, el Buda (Sakyamuni)

«Si eliminas lo que crees que sabes, quizás empieces a ver lo que es»
— Jiddu Krishnamurti

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